jueves, 17 de noviembre de 2016

Ponencia en el II Congreso Internacional de Estudios Teatrales - Lima, Perú 2016

Espacio teatral y puesta en escena
¿Marco o soporte de la acción?

“Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo.
Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral.”
Peter Brook en El espacio vacío.

El Espacio Teatral ha empezado a ocupar un lugar relevante en las investigaciones teatrales y en las reflexiones de los procesos de la creación teatral, develando la complejidad que encierra el enunciado de "Espacio Teatral". Es común abrir textos de tratados teatrales, y en específico sobre escenografía, y ver como la palabra espacio teatral puede referirnos tanto al espacio físico arquitectónico como a la idea más abstracta del lugar ocupado por la acción dramática. Esto plantearía una primera necesidad de distanciarlas del ámbito de lo arquitectónico para revisarlas a la luz de planteamientos que se han venido dando en el tiempo como los de Gutiérrez, de Toro, Ubersfeld, Pavis, Boves o Lehmann.
Visto desde el ámbito de los procesos creativos esta situación plantea la necesidad de nuevas miradas sobre él, de clasificaciones y definiciones, de claridad de conceptos, de dimensiones a considerar, etc. Estas miradas contemporáneas nos hacen preguntarnos de qué Espacio Teatral hablamos, de uno contextualizado dentro del teatro dramático o del posdramático, dentro de procesos centrados en el texto o procesos que exploran a partir de la realidad del escenario. Y me permito preguntarlo así, pues deberían ser las propias puestas las que busquen y reclamen sus espacios y no al contrario.
El inicio con una cita de Brook, tal vez muy usada y hasta malinterpretada, da cuenta que en adelante cualquier referencia al escenario o al espacio teatral o escénico, no alude a ningún espacio en concreto, aun cuando este haya sido diseñado con toda la intensión de albergar ese acto colectivo que llamamos teatro.
Ya Ubersfeld (1993) se refiere al Espacio Teatral como una entidad compleja, además de diversificar las miradas sobre él si parten desde el texto, la puesta en escena o desde el espectador. El dramaturgo planteará en su texto autoral, a través de las didascalias, la visión que la puesta en escena debería considerar con respecto al espacio, podrá ser minucioso o económico en su descripción, nos podrá hablar de lugares de acción o de escenografía, nos podrá exigir sobre el universo espacial que el espectador deberá construir en su imaginación y de todas las múltiples posibilidades que en la construcción de estos mundos ficcionales se le pueda ocurrir.
Desde la mirada de la escena, estás posibilidades aumentan aún más cuando el espacio teatral lo pensamos como un otro espacio, distinto al de nuestra cotidianidad, pero siempre inserto en ella. En las que el texto se convierte sólo en un punto de partida o en un pretexto, y también en situaciones en las que no preexista un texto.
En todo hecho teatral, la vida toma el escenario, se apropia del espacio, lo hace suyo y en este proceso de ocupación se descontextualiza a sí misma. Esta afirmación es tremendamente válida, ya que toda experiencia humana parte de la vida misma, la vida vivida por nosotros o vivida por otros, o si quieren vivida por nosotros a través de la experiencia del otro. Sin embargo esta vida no es la misma en la escena, es una vida descontextualizada, una vida extra cotidiana, otra vida que se crea a sí misma, paralela, alterna, efímera. Es así que el espectador, desde su subjetiva mirada, también terminará de construir el universo espacial planteado desde la escena.
El espacio que vivimos es el espacio de la experiencia humana, aprendemos a vivir en él, por tanto no es únicamente un espacio físico dimensionable si no también aprehensible, de un largo, un ancho, un alto y de un espesor temporal. Y es a través de esta experiencia que nos manejamos en el espacio, muchas veces más intuitiva que conscientemente. Aprendemos a ser en el espacio y en el tiempo de manera vivencial, están presentes cuando nosotros venimos al mundo, ya sea física o culturalmente. El espacio se convierte así en receptáculo de toda actividad humana y el tiempo su medida en la dimensión de la acción. Es decir, vivimos en un mundo de 4 dimensiones donde lo espacial no se puede desligar de lo temporal en el sentido de la experiencia.
Si asumimos entonces que el espacio se comprende a partir de la manera en que lo experimentamos, asumimos también que la praxis es el punto de partida para conceptuarlo y materializarlo.
El espacio en el teatro
Hablar del espacio en el teatro puede parecer obvio, ya que como hemos visto toda actividad humana se da, sucede, se desarrolla en el espacio. Ya hemos referido que la noción del espacio se aprehende a través de la experiencia (experiencia que incluye necesariamente la temporalidad). Entendamos el teatro como acto, como acción humana, por lo tanto el espacio del que venimos hablando es absolutamente necesario para su existencia.
Muchos son los estudiosos que se han referido al tema, Gastón Breyer hace una reflexión refiriéndose al espacio con respecto al acto escénico como, “asunto poco estudiado, casi ignorado por los propios hombres de teatro, sin embargo hace a la esencia del hecho escénico y define si habrá o no teatro” (Breyer, 2008:19). Anne Ubersfeld ya había afirmado que, “si la primera característica del texto dramático consiste en la utilización de personajes figurados por seres humanos, la segunda, indisolublemente ligada a la primera, consiste en la existencia de un espacio en donde estos seres vivos estén presentes.” (Ubersfeld, 1993:108). Una mirada desde la escena, una mirada desde el texto, entre ambas miradas encontramos la de la creación-construcción de esta espacialidad y aquí nos enfrentamos con la mirada contemporánea de un espectador-creador, que entra en diálogo con la mirada del teatrista-creador en el momento mismo de la representación.
Hasta aquí vamos comprendiendo las complejidades inherentes al espacio en el teatro, ya que en su esencia y en sus procesos que van desde ser pensado a su existencia, se van tejiendo de maneras generales y particulares. Es necesario, pues, entender este espacio en el teatro, el Espacio Teatral, como un espacio extra cotidiano, que no se comporta como el espacio de nuestra vida real, un espacio en el que operan las convenciones propias de la teatralidad, y que, por lo tanto, merece ser estudiado y comprendido desde esas especificidades. María del Carmen Boves, va más allá, señalando que “según algunos teóricos del teatro, el espacio es la categoría más relevante del género dramático, aquella en la que adquiere la máxima especificidad y, en consecuencia, la investigación debe reconocerle un primer plano a la hora de explicar el fenómeno teatral.” (Boves, 1997:387)
Barba (2010) también pone de manifiesto esta complejidad, esta vez desde la mirada del director:
“El espacio era un reino mágico que yo llenaba y vaciaba. Entretejía acciones reales, introducía simultáneamente más situaciones independientes una de la otra, modelaba un ritmo o una acción vocal en una contigüidad de imágenes y alusiones. Pero el reino me oponía resistencia, se negaba a transmutar en otra dimensión y transbordarme junto a mis futuros espectadores hacia un tipo de percepción particular: una alucinación que contuviera una verdad personal para cada uno de nosotros.”(pág. 81)
Esta situación da cuenta, tanto de una preocupación como de un encuentro dialéctico en la conceptualización y creación de este espacio siempre en continua construcción y reafirma la necesidad de abordarlo en sus distintos niveles creativos y también la necesidad de su conocimiento profundo por parte del diseñador escénico.   
Sin embargo, el hecho de que muchos autores e investigadores se refieran sin demasiada precisión a este espacio mencionándolo como espacio teatral, otras como espacio dramático y otras como espacio escénico, de manera indistinta y arbitraria, hace necesario también que se deban clarificar ciertas definiciones.
Lo cierto es que el hecho teatral reclama una espacialidad, no sólo para las relaciones del espacio de representación sino también para las relaciones que se construyen entre éste y el espectador. Hasta aquí vamos comprendiendo que al estudiar el Espacio Teatral debemos hacerlo desde su realidad de soporte del hecho escénico, percibible en el acto mismo y no sólo como entidad meramente conceptual y en las dimensiones ya planteadas por Brook y mencionadas como inicio de esta ponencia.
En el teatro contemporáneo, la escena no se comporta ya como ilustración del texto, es más, muchas veces el texto se convierte en un pre-texto y las lecturas escénicas adquieren profundidades determinadas por los contextos en el que el acto teatral existe, al respecto tenemos las investigaciones de Lehmann (2013) sobre el denominado teatro posdramático o las definiciones de Pavis (2000) de las puestas en escena textocentrístas y escenocentristas, así como también se habla ya no únicamente de una puesta en escena, también de una puesta en espacio.
Los objetivos del acto teatral no se definen por el texto mismo si no por la ideología de quienes acometen el acto creativo. El teatro contemporáneo revalora el texto dramático desde poéticas que buscan una reinvención descontextualizando, defragmentando, deconstruyendo o interviniendo, sobre todo cuando hablamos de textos clásicos o antiguos, ya que muchos de los textos dramáticos contemporáneos han sido producidos desde estas nuevas poéticas. Por lo tanto estas distintas miradas también definirán la creación de los espacios en el acto teatral. Aún más, la existencia o pre existencia de un espacialidad teatral determinará la existencia de los signos dramáticos, donde la espacialidad estructurará la tensión texto – escena o la tensión escena - espectador y creará las condiciones para el desarrollo del acto teatral, sus lenguajes y poéticas, sus acciones y dinámicas, su estructura narrativa interna y sus pre-supuestos estéticos.
Ante esta situación es evidente que el espacio, más específicamente el espacio teatral, adquiere una importancia que reclama nuevos caminos para aproximarnos a él, es por eso que planteo esta diferencia entre mirarlo como marco y mirarlo como soporte. Y me refiero a marco cuando pensamos este espacio sólo como el fondo o el contenedor de algo, de la representación y hablo de soporte, en el sentido de lo que vendría a ser un lienzo para el pintor, el soporte que permite dar la materialidad al acto de representación teatral.
Esto sólo será posible a través de un profundo estudio del Espacio Dramático como elemento importante de la creación teatral contemporánea (Romero, 2013), donde debe considerarse una nueva percepción de la subjetividad como lugar de encuentro de las miradas de la escena y de la sala. Aquí, el texto dramático se entenderá como elemento a analizar en pro de la creación de la dramaturgia de la escena, de la construcción del texto de representación y de la dramaturgia del espacio teatral y por qué no, a decir de Lehmann (2013), de una dramaturgia del espectador.
El paso del siglo XIX al siglo XX marcó una diferencia en el uso del espacio teatral, ya no se concibe como fondo o contexto para desarrollar una acción, adquiere un lenguaje propio, busca su propia expresión como sistema de signos autónomos que se integran en la representación con los demás en este arte total que llamamos teatro. El teatro deja de ser ilusión para dar paso a la convención.
El espacio teatral se concibe como una totalidad que involucra activamente la escena y la sala, modificándose constantemente y planteando nuevas soluciones arquitectónicas. Se empieza a hablar de la unidad estilística, que se refiere a la forma como se articulan todos los componentes de una representación, y no como comúnmente se entiende, refiriéndose únicamente al aspecto plástico-formal de la escenografía, postura que dejaría de lado sus dimensiones materiales, ficcionales y poéticas, que son planteadas también como categorías del espacio en el teatro por Agustina V. Palermo (2013) planteadas en función de la relación entre escena y espectadores.
María Carmen Gómez de la Bandera en su tesis doctoral Contribución al estudio semiótico del espacio escénico concluye que con Meyerhold:
“el espacio teatral deja de “ilustrar” las acciones para “iluminar” la escena, creando sentido en el intercambio entre espacio y texto. No solo es el lugar del discurso, también significa y se experimenta.
El teatro, un hecho global que va más allá del espacio escénico concreto de la representación. El acercamiento del actor al público, la simulación del escenario como prolongación de la sala evocando así un espacio común para público y actores, para emisores y receptores del mensaje dramático, cambia por completo el lenguaje escénico. En esta ocasión la transformación procede no de los temas sino de la práctica escénica que nos lleva a nuevos sistemas de comunicación teatral.”
De aquí en adelante está bastante documentada la evolución del espacio en el teatro, al punto que el inicio de este nuevo siglo impone una mirada retrospectiva desde los años 70, en que las rupturas y vanguardias teatrales erupcionan, con aciertos y desaciertos, pero que en cualquier caso siguen alimentando un arte, que como todos, está vivo y en constante cambio. Las hibridaciones y desapariciones de fronteras entre las diferentes formas artísticas también alimentan al teatro, este rompe las barreras arquitectónicas, se niega a encerrarse en un espacio tradicional, este riesgo permite la construcción de nuevos lenguajes que están siempre en búsqueda, el espectador es cada vez menos ese ser pasivo mimetizado con la oscuridad de la sala, es cada vez menos ese ser anónimo que ocupa unas butacas, y el espacio teatral subordina sus metáforas a unas relaciones espaciales que se construyen y poetizan en el acto convivial.
Partiendo de la triada indisoluble planteada por Pavis (2008) Espacio – Acción – Tiempo, podríamos construir una propia de la escena, donde el actor o performer encarna la acción: Actor – Espacio – Tiempo. Y otra propia del acto convivial: Actor – Espacio – Espectador.
Podríamos sintetizar lo expuesto diciendo que, el Espacio Teatral se constituye en una de las categorías que definen lo teatral con una presencia importante en sus procesos creativos, asumiendo el rol de soporte de la teatralidad misma y que por lo tanto merece un estudio de sus propias categorías ontológicas y de sus dimensiones ónticas.



BIBLIOGRAFÍA
-          Barba, E. (2010) “Quemar la casa. Orígenes de un director”. Buenos Aires: Catálogos.
-          Boves Naves, Ma Del C. (1997) “Semiología de la obra dramática”. Madrid:        Arco/Libros, S.L.
-          Boves Naves, Ma Del C. (2001) “Semiótica de la escena. Análisis comparativo de los espacios dramáticos en el teatro europeo”. Madrid:            Arco/Libros, S.L.
-          Breyer, G. (2008) “La escena presente”. Buenos Aires (1ra ed., 1ra reimp.): Ediciones Infinito.
-          De Toro, F. (1987) “Semiótica del Teatro. Del texto a la puesta en escena”. Buenos Aires: Galerna S.R.L.
-          Gutiérrez, F. (1993) “Teoría y praxis de semiótica teatral”. Valladolid: Secretaría de Publicaciones Universidad de Valladolid.
-          Lehmann, H.T. (2013) “Teatro posdramático”. México: Paso de Gato / CENDEAC.
-          Pavis, P. (1998) “Diccionario del teatro”. España: Ediciones Paidos Ibérica S.A.
-          Pavis, P. (2000) “El análisis de los espectáculos”. España: Ediciones Paidos Ibérica S.A.
-          Ubersfeld, A. (2002) “Diccionario de términos claves para el análisis teatral”. Buenos Aires: Galerna S.R.L.
-          Ubersfeld, A. (1993) “Semiótica Teatral”. Madrid: Ediciones Cátedra / Universidad de Murcia.

-          V. Palermo, A. (2013). El espacio en el teatro: La puesta en escena y la relación escena público. Ponencia presentada en el XXII Congreso Internacional de Teatro Iberoamericano y Argentino, GETEA 2013

-          Aguilar García, Ma. Del M. (2011) “Influencia del Espacio de representación en la puesta en escena teatral”. Activarte, revista independiente de arte. Teoría de las artes, pedagogía y nuevas tecnologías. BIBLID [2254-2108 (2011), 4; 37-43]

-          Gómez de la Bandera, C. (20) Tesis doctoral CONTRIBUCIÓN AL ESTUDIO SEMIÓTICO DEL ESPACIO ESCÉNICO (Dialéctica y formalidad de los espacios intra y extraescénicos), Madrid, 2002. ISBN: 84-669-1929-5

Recuperado de: http://biblioteca.ucm.es/tesis/fll/ucm-t25681.pdf - 12 de agosto de 2012

miércoles, 8 de agosto de 2012

UN ACERCAMIENTO AL ESPACIO TEATRAL Y AL DISEÑO ESCÉNICO - INTRODUCCIÓN

Se me ha estado solicitando que escriba un poco más sobre las diapositivas que he ido colocando en el blog, como consecuencia estoy convirtiendo en un libro esta serie de  post que son las diapositivas de algunas de mis exposiciones. Aquí una primera entrega.
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Introducción
En todo hecho teatral, la vida toma el escenario, se apropia del espacio, lo hace suyo y en este proceso de ocupación se descontextualiza a sí misma. Creo que esta afirmación no puede ser negada, ya que toda experiencia parte de la vida misma, la vida vivida por nosotros o vivida por otros, o si quieren vivida por nosotros a través de la experiencia del otro. Sin embargo esta vida no es la misma en la escena, es una vida descontextualizada, una vida extra cotidiana, una otra vida que se crea a sí misma, paralela, alterna, efímera.
Cualquier experiencia nuestra se da en un espacio y en un tiempo. Por lo tanto el espacio teatral es único para cada experiencia, tan efímero como la situación dramática, existe en ese momento en una realidad compartida y vivencial, luego sólo existirá en el recuerdo del registro emocional, intelectual o tecnológico. Esa realidad potente y fugaz, en una existencia compartida entre escena y público, es el núcleo de su esencia, su fuerza y también su debilidad.
Hace poco veía a mi hijo maravillarse mientras armábamos una de esas pistas de carreras para autitos con sus recorridos helicoidales, curvas imposibles y rampas a no sabes dónde, pero cuando la pista fue atravesada por el autito y lo vio girar 360° sin caerse, entrar a una curva sin salir disparado y saltar una rampa que lo lleva al inicio del circuito, su sorpresa, su alegría y su placer llegaron a tal punto que la maravilla inicial quedó al nivel de apatía. Inmediatamente en mi cabeza se encendió una luz: “Exactamente de esa manera es que el espacio teatral se tiene que comportar”.
Pues sí, el espacio de la escena puede ser muy impactante, muy plástico, visualmente muy innovador, pero es cuando los personajes lo atraviesan, lo usan, lo viven, cuando este tiene que estallar, estallar para el público. Pero ojo, al igual que la pista de carrera, en la que lo genial es ver al autito desplazarse en maniobras imposibles, el espacio teatral me debe llevar siempre al actor, al agente primordial de este hecho artístico que llamamos teatro, entablando relaciones de comunicación con el público.
Otro elemento, mencionado un tanto tangencialmente, pero no menos importante es el tiempo, afirmamos ya que toda experiencia se da en un tiempo, la teatral no escapa a la regla, sin embargo su extra cotidianeidad la hace muy particular, y aquí hablamos de una primera triada (encontraremos muchas a lo largo de esta investigación), el tiempo de la escena, el tiempo de la experiencia del actor y del público y el tiempo de la realidad extra escénica, es decir la del mundo real.


Esta reflexión sobre el tiempo, me conduce ineludiblemente a configurar otra triada para el espacio: el espacio de la escena, el espacio de la experiencia de diálogo que alberga a la escena y al público y el espacio real cotidiano, extra escénico que contiene a todos.
Más adelante iremos desarrollando estos puntos que por ahora sirven para delinear el marco sobre el cual abordaré el tema del espacio teatral para luego pasar a la creación de este espacio, es decir al diseño escénico.

viernes, 3 de diciembre de 2010

FESTIVAL MUNDIAL DE ESCUELAS: ESCENA, CONTEMPORANEIDAD Y ESPACIO















El haber asistido a algunas funciones del festival, produjo en mi una gran satisfacción, aunque debería precisar que no en todos los casos. Digo algunas porque la mis funciones técnicas no me permitieron sino dejar los montajes técnicamente listos y partir al siguiente teatro. Faltaría a la honestidad si no aclarara que este trabajo no hubiera sido posible sin el concurso de los colegas profesores, alumnos y exalumnos de la especialidad.
Retomando el sentimiento de satisfacción, que además se veía acrecentado por compartir el proceso de montaje, el compartir las experiencias de creación, el conocer los objetivos precisos de cada obra y el poder escuchar comentarios de los mismos productores, generaba en mí una doble satisfacción: ellos y nosotros (los profesores de escenografía) entendíamos el espacio teatral no como simplemente el lugar donde me toca actuar, sino como el lugar en el que se producirá un intercambio entre actores y público, comunicación, placer estético, entretenimiento, reflexión, podemos llamar con muchos nombres este intercambio, lo cierto es que, y he aquí la gran preocupación, sin el espacio (teatral) adecuado, esto no sería posible.
Espero poder ser comprendido cuando hablo del espacio, no sólo es la porción de espacio físico, es ese pequeño o gran territorio que será capaz de recibirme a mí y al otro compartiendo una experiencia artística llamada teatro. Espacio no sólo tangible, también intangible, construido en el imaginario y en el sentimiento, en la capacidad de evocar, recordar, inventar y reinventar. Dramaturgia del espacio dicen por ahí (yo también).



Desde la preocupación por el edificio que albergará esta relación entre sala y escena, entre público y actor. Porque entre lo íntimo y lo extrovertido tengo miles de matices donde el espacio arquitectónico que albergará esta puesta en escena influenciará definitivamente en la manera como llegará el mensaje. Al respecto escuché varios comentarios preocupados por cómo enfrentar este tema, en que la puesta reclama determinado grado de intimidad y el edificio arquitectónico juega en contra debido a sus dimensiones y a la distancia con la que mantiene al público de la escena. Con agrado vi que estos problemas también se resolvieron, por supuesto que no fue remodelando el teatro, más bien incorporando estas características espaciales a esta “nueva” puesta, sin perder los objetivos esenciales. Reflexión y logro únicamente posible si se entiende cabalmente lo que significa “espacio teatral”.
Por otro lado esta nueva forma de ver la espacialidad en el teatro (y como puede confirmarse en la siguiente edición de la Cuadrienal de Praga) genera nuevas formas de apropiación en las que lo performático irrumpe la espacialidad tradicional, generando nuevas energías que demandan del actor nuevas formas de “pisar” el escenario y a los que contribuimos en darle forma visual, nuevas maneras de ver. Miradas no sólo reflexivas, por encima de todo: creativas.
Si hasta acá me siguen en este breve artículo podremos ir concluyendo que el espacio teatral y su propia dramaturgia exigen tanta preparación y entrenamiento como la del actor. Sólo así será posible que luego este espacio teatral se apropie de los nuevos inventos y tecnologías que pertenecen a nuestra época, porque nunca, en toda su historia, el teatro a rechazado la tecnología y los inventos de su época, quienes están en contra de esto sólo demuestran su poca capacidad de evolución en un mundo que sólo será transformado por quienes logren estar un paso adelante.

Es así que las escenas en este festival acogieron la danza, la música, el multimedia, no como complementos, no como adornos sino como códigos teatrales. ¿Cómo confirmo esto? Particularmente soy de los que piensan que si elimino algún objeto, momento, palabra, etc. de la puesta en escena, y esta no se altera (cuando sucede esto generalmente se mejora) está sobrando, pues creo que los que presenciamos estos tipos de puesta diríamos que si anulamos los tiempos musicales o el cuerpo en movimiento o la proyección que formaron parte de algunas propuestas, simplemente no funcionarían. Con esto me refiero a esa capacidad de conmoverme, de hacerme sentir, de hacerme sentir que la hora en que estuve sentado en la butaca de un teatro, fue una hora que mereció la pena ser vivida.
Otro aspecto resaltante fue el ver como tradición y modernidad se conjugaban en el escenario en el intercambio inesperado de una globalidad real y presente. Y me refiero a ver García Lorca en clave china o Chejov en clave japonesa, pulcritud oriental en los elementos, en la forma como ocupaban el espacio, precisión en su función y por supuesto un disfrute a los ojos.

Igualmente podría hablar del espacio teatral que se convierte en un pretexto para poder albergar a unos y a otros y lograr esa comunión, descubrir ese actor santo que sólo puede existir cuando actor, público y espacio se convierten en uno.
Después de esto, para que hablar de la forma, del color, de la textura, de la imagen. Sería redundante, pues nada de lo que he comentado sería posible sin el concurso de aspectos como los mencionados, pues sólo seré capaz de apropiarme del espacio y recrearlo con el conocimiento de su esencia y de los aspectos que lo hacen percibible en la experiencia humana. Llegado al final del artículo me doy cuenta (una vez más) que no hemos inventado la pólvora pero sí la estamos reinventando.